21 mar. 2011

Japón podrá afrontar el impacto del desastre

Tiene recursos financieros y capacidad organizativa para su reconstrucción, pero necesitará importar materias primas.

El reciente terremoto que azotó Japón es uno de los más poderosos de los que se tenga registro y el más intenso en ese país en más de un siglo. Si bien las pérdidas de vidas fueron lamentablemente muy grandes, fueron inferiores a las de muchas otras catástrofes naturales (un terremoto en China en el siglo XIV provocó la muerte de más de 800 mil personas), pero las pérdidas económicas no tienen precedentes (más de 200 mil millones de dólares). A pesar de lo escalofriante de estas cifras, las mismas no incluyen los potenciales efectos de un agravamiento de los problemas de las plantas nucleares en Fukushima, los que al momento de escribir esta columna aún no habían sido solucionados.

Existen diversos estudios sobre el impacto de los desastres naturales sobre la situación económica de las regiones afectadas, siendo uno de los más abarcativos el publicado en noviembre de 2009 por Christian R. Jaramillo H. de la Universidad de los Andes (Colombia). El mismo intenta responder si los desastres naturales tienen efecto de largo plazo en el crecimiento.

Del análisis de la relación de largo plazo entre desastres naturales y el crecimiento económico, para 113 países al cabo de 36 años, surge una secuencia usual de eventos que acompaña a un desastre natural, los cuales se dividen en cuatro categorías: inmediatos, de corto plazo, de mediano plazo y de largo plazo.

Los efectos inmediatos son obvios: víctimas fatales, heridos que necesitan asistencia médica, personas que se quedaron sin hogares y daños o destrucciones de edificios, rutas, cosechas, etc. Las pérdidas de riqueza son evidentes y el impacto sobre la actividad económica en lo inmediato también será negativo, pero su magnitud dependerá del tipo de desastre y la característica de la región afectada.

Los seis meses posteriores al siniestro (corto plazo) se pueden caracterizar por tres procesos simultáneos: la provisión de asistencia humanitaria a las víctimas, el reestablecimiento de los servicios públicos básicos y el comienzo de los trabajos de reconstrucción de largo plazo. En el muy corto plazo podría ocurrir una disrupción de la actividad económica, cuyo impacto dependerá de la importancia de la zona e industrias afectadas. Asimismo, podrían esperarse incrementos de precios en productos básicos. La tasa de crecimiento de corto plazo estará influida por lo que le haya ocurrido a la relación entre los factores de producción, la cual sería menos afectada en el caso que existiera stock de capital ocioso.

En el mediano plazo (un par de años después del siniestro) se realiza la mayor parte de la reconstrucción y reparación de las estructuras dañadas. La fase de reconstrucción implica un incremento en la inversión, tanto pública como privada, la cual puede más que compensar la caída del consumo privado. Esto podría provocar tasas de crecimiento mayores a las observadas antes del siniestro, además de estar las cifras influidas por el hecho de que las estadísticas de crecimiento no contabilizan la destrucción de capital pero sí la reconstrucción. Las cuentas públicas se verán afectadas tanto por menores ingresos como por el incremento de gastos inesperados, en la medida que se recurra al crédito para el financiamiento se verán incrementados los futuros servicios de deuda que deba afrontar el país.

El largo plazo puede ser entendido como lo que ocurre una vez que el proceso de reconstrucción fue finalizado y que la población está completamente adaptada a las nuevas circunstancias. Para determinar si los efectos de largo plazo del desastre natural serán positivos o negativos resultará determinante la calidad de la reconstrucción, la cual dependerá de la planificación, la magnitud del desastre y la disponibilidad de recursos para el financiamiento de proyectos de mayor calidad. El efecto de largo plazo podría ser positivo en la medida que se saque provecho de la oportunidad de incrementar la productividad otorgada por el desastre natural.

En el caso particular de Japón, estas cuatro etapas seguramente se repetirán, pero los efectos podrán ser atemperados o agravados por dos fenómenos particulares: la cultura japonesa y el peligro nuclear, ausente en otros desastres naturales.

Con respecto a los factores culturales, basta recordar el estudio que el general Douglas MacArthur encargó a la antropóloga Ruth Fulton Benedict antes de la invasión de Japón. Su libro El crisantemo y la espada: patrones de la cultura japonesa debería ser de lectura obligatoria y nos enseña a entender la cultura japonesa. Basta mencionar que mientras los analistas occidentales evalúan cómo hará Japón para reemplazar la pérdida de generación eléctrica por la paralización de las plantas nucleares, los japoneses apagan las luces en Ginza y estudian cómo van a vivir con menos electricidad.

Muchos analistas comentan que el gobierno japonés es el más endeudado del mundo, pero olvidan que los acreedores son los propios japoneses, que Japón es posiblemente el principal acreedor del mundo y que su banco central posee reservas que superan el billón de dólares. Japón tiene los recursos financieros para financiar su reconstrucción y la capacidad organizativa para hacerlo, pero necesitará importar materias primas.

El impacto económico de la paralización de las plantas nucleares en Japón es importante pero no catastrófico. El impacto humano de la radiación sí lo es. La generación nuclear representa aproximadamente un cuarto de la producción eléctrica total, al mismo tiempo que las 12 centrales en Fukushima (cuatro de las cuales fueron afectadas por el terremoto y posterior marejada) representan el 22% de la generación nuclear, por lo que el impacto directo total es apenas superior al 5% de la capacidad de generación. El sacrificado pueblo japonés ha demostrado en el pasado su capacidad para reaccionar frente a los infortunios. Estamos seguros de que volverán a hacerlo.

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