19 mar. 2012

El cambio climático desafía al Desarrollo



Cuando aumentan la tasa de crecimiento, la población y el ingreso “per cápita”, también lo hacen los gases de efecto invernadero. Según el Pnud, los esquemas de producción y consumo, especialmente en los países ricos, parecen ser insostenibles desde el punto de vista ambiental.
El aumento de los fenómenos meteorológicos extremos, tales como sequías, tormentas e inundaciones, es cada vez más preocupante. El promedio anual de desastres se duplicó en 25 años, al pasar de 132 casos entre 1980 y 1985 a 357 entre 2005 y 2009.
Se prevé que un aumento de 50 centímetros en el nivel de mar durante los próximos 40 años podría inundar las zonas costeras de 31 naciones de América latina y el Caribe.
Estas cifras no son una mera anécdota. De cómo enfrentemos esta realidad dependerá la suerte de buena parte de los siete mil millones de habitantes del planeta. En otras palabras, el deterioro del medio ambiente pone en duda las proyecciones de progreso y desarrollo.
Para cuantificar los niveles de bienestar, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) elabora el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que mide indicadores nacionales de salud, educación e ingresos.
Entre 1972 y 2010, esos indicadores mejoraron un 40 por ciento, es decir millones de personas se alfabetizaron, viven más años y aumentaron sus ingresos.
De continuar la tendencia, la brecha que separa los niveles de desarrollo humano de los habitantes de los países desarrollados y los países en vía de desarrollo se reducirá. Tanto es así que se estima una mejora del índice global de desarrollo humano en el orden del 19 por ciento.
Está claro que la situación no será la misma si se consigue enfrentar los riesgos del cambio climático que si, por el contrario, el deterioro se profundiza.
En el primer caso, que el último informe del Pnud denomina “escenario base”, se verificarían mejoras que beneficiarían a millones de personas.
Por el contrario, se calcula que para el año 2050, el IDH podría haber bajado un ocho por ciento (12 por ciento en Asia meridional y África subsahariana), en un escenario de “desafío medioambiental” que mantenga o aumente los efectos adversos del calentamiento global sobre la producción agrícola, el acceso a agua potable y saneamiento y la contaminación.
“En un marco hipotético de ‘desastre ambiental’ más adverso, que prevé deforestación generalizada y degradación del suelo, drástica reducción de la biodiversidad y aumento fuerte y sostenido de fenómenos climáticos extremos, el IDH mundial podría ubicarse alrededor de 15 por ciento debajo del nivel de referencia proyectado”, consigna el documento.
Alta temperatura. El aumento de la temperatura del planeta es acaso el principal desafío asociado al cambio climático.
El Panel Internacional de Cambio Climático (IPCC), organismo asesor que nuclea a científicos de varios países, proyectó un incremento de 2,4° a 4,6° centígrados hacia 2100, si todo sigue igual.
Las consecuencias de un aumento de la temperatura de ese orden serían severas, sostienen los expertos. “Los climatólogos creen que el umbral climático que acarrearía la licuación de la capa de hielo de Groenlandia se sitúa entre 1° y 3°, que de concretarse haría subir la superficie de los océanos siete metros, modificando drásticamente la geografía de la Tierra”, plantea Clive Hamilton, autor de Réquiem para un especie.
Para no traspasar ese punto crítico, será necesaria una marcada reducción de los gases de efecto invernadero (GEI), causantes del calentamiento global.
El principal contaminante es el dióxido de carbono, producido por la combustión de energías fósiles (petróleo, gas y carbón vegetal), seguido por el metano y el óxido nitroso, generados en actividades relacionadas con la producción de alimentos.
Parte de estos gases son absorbidos por la tierra y los océanos, y el resto queda en la atmósfera durante siglos, reteniendo el calor del planeta e incrementando la temperatura promedio.
Actualmente, las temperaturas mundiales son superiores en un promedio de 0,75° centígrado respecto de principios del siglo 20. Pero lo más preocupante es que el ritmo de calentamiento del planeta se ha acelerado por las emisiones de dióxido de carbono, que se elevaron globalmente un 112 por ciento desde 1970.
Como resume Hamilton, los factores que determinan incremento de los GEI son la tasa de crecimiento o ingreso per cápita, el aumento de la población y la tecnología para generar energía.
Demasiada riqueza. La relación entre crecimiento económico y aumento de emisiones de GEI es directa. De ahí que el Pnud sostenga la urgencia de cambios drásticos en los patrones económicos. “Los esquemas de producción y consumo, especialmente en los países ricos, parecen ser insostenibles. Se precisa un cambio hacia modelos de desarrollo más sostenibles”, advierte.
La huella ecológica (superficie terrestre y marítima productiva que un país necesita para generar los recursos que consume y para absorber los desechos que genera) muestra que el mundo está superando su capacidad de generar recursos y absorber desechos.
“Si todos los habitantes del mundo –continúa el Pnud– tuvieran el mismo patrón de consumo que quienes viven en los países con IDH muy alto, y el nivel tecnológico actual, necesitaríamos más de tres planetas Tierra para soportar la presión que se ejerce sobre el medio ambiente”.
Los países con IDH muy alto, donde habita la sexta parte de la población mundial, emitieron casi dos terceras partes (64 por ciento) del dióxido de carbono entre 1850 y 2005, de acuerdo con el informe del Pnud. Desde 1859, sólo Estados Unidos ha producido alrededor de 30 por ciento del total de las emisiones acumuladas.
Precisamente la falta de voluntad de los países ricos para reducir los GEI ha sido la principal traba a la instrumentación de medidas para mitigar el cambio climático. Una acción eficaz en ese sentido implicaría reconvertir las economías avanzadas, fuertemente sustentadas en la expansión del consumo y el uso intensivo de energías fósiles, costo que por ahora nadie parece dispuesto a afrontar.
Puesto que el cambio de las fuentes energéticas tradicionales a energías limpias podría demorar años, incluso décadas, algunos científicos sostienen que sólo una drástica reestructuración de las actividades industriales de las economías avanzadas permitiría reducir las emisiones de C02 a niveles seguros y en un lapso más breve.
Emergentes y contaminantes. Pero ese no es el único escollo. En la última década, el explosivo ascenso de las economías emergentes, con China a la cabeza, seguida de países como la India, Brasil y Sudáfrica, aparejó cambios en el mapa de las emisiones de GEI.
Mientras que la tasa de emanaciones crece a razón del 11 al 12 por ciento anual, en los países ricos ha caído por debajo del uno por ciento. De mantenerse esta tendencia, en el próximo siglo más del 90 por ciento de las emanaciones tendrán lugar en los países en desarrollo.
Sin embargo, la desigual contribución de las naciones ricas y aquellas en vías de desarrollo al calentamiento global, así como las diferencias en cuanto a desarrollo humano entre ambos bloques, fundamenta la postura de quienes sostienen que el mayor costo por la adopción de medidas para mitigar el cambio climático debería recaer en las economías avanzadas (en definitiva, responsables del 70 por ciento de las emisiones acumuladas de GEI).
De cualquier modo, una acción eficaz requerirá el compromiso de las principales economías emergentes.
La investigación remarca que los factores ambientales adversos, como las sequías, aumentarán los precios mundiales de los alimentos en 30 por ciento a 50 por ciento en las próximas décadas e intensificarán la volatilidad de los costos.
Aunque la producción agrícola se duplicó en los últimos 50 años, la superficie de tierra cultivada sólo aumentó 10 por ciento.
Paralelamente, la degradación del suelo y los recursos hídricos está empeorando: casi 40 por ciento de las tierras cultivables sufre erosión, pérdida de fertilidad y pastoreo excesivo. En los países ricos ese porcentaje supera más de la mitad de la superficie agrícola; América latina y el Caribe tienen, en cambio, la menor proporción de tierra degradada, pero la explotación excesiva que se experimenta actualmente puede convertir tierras fértiles en desiertos, alerta el Pnud.
El difícil equilibrio entre la producción de alimentos y los recursos naturales se manifiesta también en el alto consumo de agua que demandan las actividades agrícolas: consumen entre 7 a 8,5 litros de cada 10 de las reservas hídricas. Cerca del 20 por ciento de la producción mundial de cereales utiliza este recurso de manera insostenible. Y las proyecciones apuntan a una duplicación en el uso del agua para producir alimentos antes del año 2050.
Actualmente, la cantidad sacada de los acuíferos es superior al volumen natural de restitución. El informe consigna que “la destrucción de los humedales y las cuencas hidrográficas para dar lugar a explotaciones agrícolas e industriales” está alcanzando un punto crítico.
Peligro de eclipse. El informe pondera la reducción de la desigualdad evidenciada en América latina y el Caribe, pero advierte que la deforestación y otras amenazas ambientales podrían “eclipsar los logros regionales y obstruir los avances”.
La deforestación ha disminuido su avance en América latina y el Caribe, y si bien algunos países de la región siguen explotando sus reservas forestales a un ritmo insostenible –con pérdidas que llegan a casi un millón de kilómetros cuadrados de bosques entre 1990 y 2010– también hay resultados muy positivos, como las medidas destinadas a combatir la deforestación en el Amazonas, que consiguieron reducir la tala en un 70 por ciento en 2009.
Se estima que con el cambio climático, en la región disminuirá la población de peces, se reducirán las precipitaciones y aumentarán las temperaturas.
“A largo plazo, la deforestación y la sobreexplotación de la tierra y los cursos de agua pueden amenazar la disponibilidad de agua dulce y los recursos renovables esenciales, como la pesca”, advierten los autores del documento del Pnud.

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