31 ene 2011

Kuna Yala, refugiados del cambio climático


Indígenas podrían dejar sus islas ante aumento de nivel de las aguas.

Los indígenas kuna de Panamá no necesitan televisión para enterarse sobre el calentamiento global. Ya ha llegado a su puerta y está a punto de cambiar sus vidas y para adaptarse tendrán que empacar y mudarse.

El paraíso flotante de los kuna, un cinturón de islas de arenas blancas, salpicadas de palmeras que se extienden por prístinas aguas marinas en el norte de Panamá, se encuentra amenazado. El aumento del nivel de las aguas puede obligar a los miles de kuna que habitan el archipiélago de San Blas a huir a la costa continental, un desplazamiento que cambiará su modo de vida tradicional y la esencia de su cultura.

“Todo está inundado, hasta el tobillo”, dijo Helen Pérez, directora de la escuela de Carti Mulatupu, isla kuna de unos 500 habitantes. Pérez se refiere a los fuertes vientos que afectaron la isla en enero, que empujaron las aguas dentro de la comunidad, inundando brevemente el laberinto de calles de arena que dividen las chozas de madera y palma donde viven los kuna.

Según el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, el nivel del mar está aumentando 2.5 milímetros al año, una tasa que podría poner algunas de las islas, que apenas se asoman por encima del cristalino Caribe, bajo el agua en menos de un siglo. Algunas estimaciones sobre aumentos del nivel de las aguas son mucho más altas, situación que se ve exacerbada para los kuna en las temporadas de fuertes vientos y subidas de marea.

El tiempo se acaba
En la XVI Conferencia Internacional sobre Cambio Climático, realizada en Cancún, México, en diciembre pasado, la Alianza de Pequeños Estados Insulares, integrado por países del Caribe, África y Oceanía, puso de relieve su difícil situación, señalando que para el Caribe un aumento de 1 metro en los niveles de agua podría costar daños por encima de los US$6 millardos al año.

“Viendo la realidad, ya el pueblo está tomando conciencia sobre el desplazamiento de la isla hasta tierra firme del continente”, añadió Pérez.

La cadena de islas de San Blas es parte de Kuna Yala, una comarca constituida tierras indígenas semiautónomas. El 90% de los 35,000 kuna viven en unas 45 de las más de 350 islas que se extienden hasta la frontera con Colombia.

El año pasado, líderes de algunas de las comunidades kuna decidieron que era momento de empezar a buscar alternativas, y acordaron trasladarse a las verdes colinas de la costa continental.

Los kuna son posiblemente una de las comunidades indígenas más autónomas, independientes e insulares de América Latina.

Los kuna elaboran sus propias políticas y tienen cierta autoridad sobre quién puede entrar en su territorio.

Las mujeres llevan trajes tradicionales, incluidas las coloridas molas, textiles cosidos en paños de colores fluorescentes con los que forman blusas; pañoletas con dibujos en rojo brillante, pequeños aros de oro en el tabique nasal y numerosas filas cuentas que rodean las piernas desde el tobillo hasta la canilla.

El castellano rara vez se escucha en las islas, donde se habla el idioma kuna nativo.

Pero el grupo siente también una fuerte desconfianza hacia el gobierno de Panamá, derivada de una larga lucha por la autonomía. El Congreso Kuna está buscando financiamiento de países extranjeros, entre ellos Gran Bretaña, para que ayuden a los miembros de la comunidad a reubicarse.

Carti Sugdub, con una población de 5,000 habitantes, es la más poblada de las islas. Sus residentes podrían ser los primeros en marcharse, junto con los de islas más pequeñas como Carti Mulatupu.

Las comunidades viven de manera sencilla, de la pequeña agricultura, la pesca y el turismo. Pocas tienen electricidad, menos aún aparatos modernos como televisión o computadoras.

Desde hace tiempo las comunidades indígenas se quejan de que contribuyen poco al cambio climático pero sufren los impactos más grandes: mortales sequías, inundaciones y un rápido agotamiento de los recursos hídricos.

¿Quién es culpable?
“Por eso nosotros criticamos el año pasado que si no alteramos el medio ambiente, por qué lo tenemos que pagar”, manifestó Ariel González, secretario del Congreso Kuna.

Su argumento no es totalmente cierto.

Los kuna que viven en el archipiélago tienen un problema de espacio: ya no entran en las islas.

Y para aumentar el espacio, utilizan rellenos de tierra, en particular de coral, que actúa como una barrera natural para proteger las islas de las mareas.

“Cada padre de familia lo tiene que hacer”, dijo Osvaldo Taylor, 34 años, padre de dos estudiantes, mientras arrojaba cubos de coral recién recolectado en un pequeño lote enfrente de la escuela.

Los organismos que componen el coral crecen a paso de tortuga, sólo unos milímetros al año, lo que significa que los kuna están acelerando el proceso de destrucción de los arrecifes.

“Yo digo no es correcto responsabilizar el 100% [al calentamiento global]”, dijo Héctor Guzmán, científico del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, que ha investigado ampliamente el ecosistema de San Blas. “Ellos son responsables por los daños a los arrecifes y allí es donde no tienen la razón”.

Así que ahora los kuna se enfrentan a una rápida cuenta regresiva antes de verse obligados a dejar las islas donde han vivido durante un siglo.

Y algunos no quieren irse.

“A mi gente no la puedo obligar a mudarse”, dijo González. “No es fácil decir a alguien que ha nacido, crecido, en una isla, que ha vivido cerca del mar ‘Múdate. Ya es hora’”.

Los ancianos de la aldea, en particular, tienen reservas acerca de comenzar de nuevo.

“Con el tiempo se va a inundar”, dijo Orlando Paniza, 68 años, padre de cuatro hijos. “Después ¿dónde voy”.

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